Nada mejor para comenzar este blog que un pequeño cuento de Atxaga sobre «una primera vez», la primera gripe de Adán, y las consecuencias que este nuevo malestar trajo consigo…

La vida según Adán

Enfermó Adán el primer invierno después de su salida del paraíso
y asustado con los síntomas, la tos, la fiebre, el dolor de cabeza,
se echó a llorar igual que años más tarde lo haría María Magdalena,
y dirigiéndose a Eva, «no sé qué me ocurre» gritó, «tengo miedo»
«amor mío, ven aquí, creo que ha llegado la hora de mi muerte».

Eva se sorprendió mucho al oir aquellas palabras, amor, miedo, muerte
y le pareció que pertenecían a una lengua extraña, ajena al paradisiaqués,
y anduvo con ellas en la boca, masticándolas como pepitas, como raíces,
hasta que creyó, amor, miedo muerte, comprender enteramente su sentido.
Para entonces Adán ya se había repuesto, y volvía a sentirse feliz, o casi.

Fue sólo, aquel hecho extraparadisíaco, el primero de una larga serie,
de modo que Adán y Eva siguieron, por así decir, recibiendo clases intensivas
de la lengua que decía amor, miedo, muerte, aprendiendo palabras como
cansancio, sudor, carcajada, carcaj, carcamal, canción, caricia o cárcel;
a medida que crecía su vocabulario, las arrugas de su piel aumentaban.

La hora de la muerte, la verdadera, le llegó a Adán siendo ya muy viejo,
y quiso entonces transmitir a Eva lo que había aprendido, su última verdad.
«¿Sabes, Eva?», le dijo, «la pérdida del paraíso no fue en realidad una desgracia».
A pesar de los trabajos, a pesar de lo del pobre Abel y todos los demás conflictos,
hemos conocido lo único que, noblemente hablando, puede llamarse vida.

Sobre la tumba de Adán se derramaron lágrimas corrientes, de agua y sal,
que cayeron a tierra y no criaron jacintos, ni rosas, ni flores de ninguna clase,
y de todos ellos fue Caín el que, paradójicamente, con más desgarro lloró;
Luego Eva recordó con cariño el susto de Adán cuando su primera gripe,
y todos se calmaron, y se fueron, y tomaron algo, y comieron un bollo.